Me costó un par de semanas volver del todo.
Por fin pude dormir una noche completa, estoy de vuelta.
Dentro del sueño de esa noche no estuve segura de qué cosas habían pasado. No supe si en ese sueño pasó algo digno de arrepentimiento.
Todo el día tuve miedo a confundir mis recuerdos, olvidarme.
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viernes, 3 de octubre de 2014
martes, 23 de septiembre de 2014
Soñé con una pared que era como una arena
movediza.
Tenía la textura de la arena falsa que
venden en el MoMA.
La gente quería atravesarla para saber
qué había del otro lado, pero yo no la atravesaba.
Me daba miedo.
Desperté en mi casa, en mi cama.
Todo era
demasiado blanco.
Pavlova a mi lado también dormía.
Pensé en esos residuos que se quedan en el inconsciente.
Esa escena del viaje que podría ser la más trivial como estar en una tienda y tocar la arena artificial, tocarla como se toca un llavero o se toca una postal que no se va a comprar, de un momento a otro, resulta que está en la memoria, en lo más hondo, ahí, siendo un significante.
¿Qué será lo que me da miedo de ese otro lado?
viernes, 19 de septiembre de 2014
Vuelo AM400
7:30 A.M.
Howard Beach
Ellos van a trabajar, yo aterrizo.
¿A dónde van?
Central Park
Dos desconocidos que se encuentran. Beben una cerveza Corona.
Un concierto sold-out, un soundcheck gratis.
Bowling Brooklyn
Las arenas movedizas.
Se juega sin zapatos.
Las drogas se contagian.
Coney Island
Rusia en el camino.
Pescadores de muelle: la comida del día.
Empapados de melancolía.
53 st. 5 av.
Desayuno: compras.
Hablar en español.
La personalidad de la lengua madre
Dumbo
Caballos atrapados en una vitrina
El aire helado, cargado de despedidas
Un lunes desarticulado
Union St.
Joe Brainard, el miedo al olvido
El olvido
sin palabras
Galveston
El fin de una época
Howard Beach
Ellos van a trabajar, yo aterrizo.
¿A dónde van?
Central Park
Dos desconocidos que se encuentran. Beben una cerveza Corona.
Un concierto sold-out, un soundcheck gratis.
Bowling Brooklyn
Las arenas movedizas.
Se juega sin zapatos.
Las drogas se contagian.
Coney Island
Rusia en el camino.
Pescadores de muelle: la comida del día.
Empapados de melancolía.
53 st. 5 av.
Desayuno: compras.
Hablar en español.
La personalidad de la lengua madre
Dumbo
Caballos atrapados en una vitrina
El aire helado, cargado de despedidas
Un lunes desarticulado
Union St.
Joe Brainard, el miedo al olvido
El olvido
Galveston
El fin de una época
miércoles, 17 de septiembre de 2014
Puntos de encuentro
W 57 st. 8 av.
Me gusta que una ciudad se divida en este y oeste.
W 16 st. 9 av.
La vida sería más sencilla si sólo existiera el este y el oeste.
Si hubiera una quinta avenida que decide qué se queda de un lado y qué de otro.
W 53 st. 6 av.
Soñar despierta.
Broadway.
Desear estar en otra parte.
Bedford. Brooklyn.
Que la vida fueran los referentes con los que crecí viendo series estadounidenses.
Coney Island.
Ese post office me gusta.
Union Square.
Esa salida del metro.
Ese olor a lavanda en un mercado.
E 23 st. 5 av.
Ese contenedor de agua en la azotea de un rascacielos también me gusta.
Ese vaso con dibujo de gatitos.
Ese restaurante japonés.
Esta bolsa con forma de libreta.
Este té chai de calabaza.
Esta compañía.
Este soundtrack random tipo Eric Clapton.
Este dulce de regalis.
El tiempo haciéndose pequeño.
La gente en bicicleta yendo hacia alguna parte.
Edificios estáticos.
Vacaciones.
martes, 9 de septiembre de 2014
Había una vez una mentira.
Después una promesa
y al final una boda.
Solíamos caminar por el Soho
hacer compras en Chelsea
comer sushi en Brooklyn.
Lejos de Manhattan
aún seguimos siendo
dos personas diferentes
que se aman como personajes de Woody Allen
y que interpretan sus sueños
ahí
alguien lastima un pájaro
alguien aprieta la mandíbula al dormir.
Había una vez una mentira que se hizo verdad.
Después una promesa
y al final una separación.
Solíamos dormir en el trayecto
trazar rutas sin rumbo
y buscar un artista sin nombre.
Todavía somos personajes
desenfocados y un poco borrosos
pero al final tomando el mismo vuelo
como aves migratorias que comienzan un nuevo ciclo
y aunque no queramos tenemos que interpretar nuevas verdades
[y otras mentiras por decir].
[
lunes, 16 de junio de 2014
predisposición genética
En mi casa materna hay un salero y un pimentero, todos conocemos su origen. Por ahí de 1990, mi mamá celebró su cumpleaños número 30 en Nueva York, y regresó con ellos. Son sus favoritos y están presentes en las reuniones más "elegantes". Pero no los compró en ninguno tienda, los robó...
Los controles en los aeropuertos no eran tan rigurosos, logró cruzar la frontera con un par de botes llenos.
En los años subsecuentes, robó algunos otros de distintos lugares. Descubrió su objeto y lo fácil que resultaba robarlos: envolverlos en una servilleta y echarlos a la bolsa. Nadie se daba cuenta, nadie sospechaba, a nadie le harían falta.
Quizás es algo genético, hace unos meses descubrí que yo también tengo mi objeto.
En mi adolescencia robé algunas cosas, nada grave: dulces y cocas en el Oxxo de al lado de mi escuela. Robar representaba una emoción, era tener lo que querías sin tener que pagar por ello, y sin consecuencias (si tenías suerte). Qué mejor para un adolescente que descubrir ese poder, sumado a la adrenalina por la posibilidad de ser descubierto. La moral quedaba en un segundo plano.
Dejé de hacerlo hace mucho...
Las cosas se reactivó así: hace un par de meses fui a Nueva York.
Sí, tuve ganas de robar todo, todo es tan caro y tan bonito... No lo hice, fue un anhelo que mi moral suprimió enseguida. Lo que sí hice fue comprar un par de vasos vintage, hermosos, uno verde y uno transparente. Un conjunto perfecto. Hice la maleta y los protegí perfectamente, tenían que llegar sanos y salvos a México. Después de un viaje largo, con dos escalas mortales y una espera inhumana, llegaron bien. No podía dejar de verlos, me parecían los objetos más hermosos que jamás había tenido. Me reconocía el buen gusto y lo consideraba un gasto justificado.
Al llegar a casa, puse todas las compras sobre una mesa y se quedaron ahí por unos días. Esa semana, moví muebles y en un mal giro... tiré una de mis preciadas adquisiciones. Se hizo añicos y quedó irreconocible. Lamenté no haber tenido más cuidado, haber comprado dos pares o un repuesto. No había nada por hacer, lo sabía. Ahí empezó mi nuevo fetiche.
Desde ese día, me he dedicado a buscar vasos pequeños en todos lados. Cuando encuentro alguno que me gusta, lo compro. Si no está a la venta, como pasa muchas veces, lo robo. Recurro a la vieja técnica familiar: cuando nadie está mirando, lo envuelvo en una servilleta y lo deslizo hasta mi bolsa. Ya tengo una colección considerable, estoy intentando cubrir el vacío, le busco compañía al sobreviviente.
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